Tu armadura…

Vistes nuevamente tu armadura y no entiendo por qué la usas conmigo…
No entiendo cómo me quito la mía y te dejo entrar una y otra vez en mis venas, a pesar de respirar estocadas, silencio y golpes de ausencia como otros días.

Calzas tu armadura nuevamente conmigo, y no entiendo de qué tratas de defenderte. Te blindas, te proteges, te acorazas tal vez de mí y, no logro entenderte.

Tu armadura gris azulada, magnética, inoxidable…aprisiona mi alma, mi existencia entera, y no trato de librarme de ella. Más bien, me escabullo de mi propio cuerpo para buscar respuestas. Trato de escapar de la realidad, elijo dejar de ser yo por un instante y me pregunto ¿Qué está mal en mis segundos? ¿En qué me he equivocado?, ¿Cuáles han sido mis aciertos y mis errores?

Desde lejos veo lo que solía ser y siento miedo de estar al revés. Deseo ver las cosas como son y me consuela pensar que las tormentas traen consigo al sol…pero gestos delatores me rasguñan, me muerden, me atrapan justo cuando te necesito tanto, justo cuando te alejas, justo cuando desapareces y vuelves a figurar en mis instantes de soledad, tristeza y cansancio como un fantasma inventado en mis mejores relatos de muchos segundos.

A esta hora navego en un mar tormentoso, desolado y oscuro y no sé si tiene sentido tratar de nadar hacia la calma, hacia la luz, hacia la paz de tus gestos.
Hoy, nuevamente vistes tu armadura, y lo que más me angustia, amor, es saber que comprendes como me duele cuando la usas conmigo.
Y, en las aguas oscuras, intranquilas y opresivas, la incertidumbre de otros días vuelve a mí…

Entonces concluyo: “Privilegio” no es que me des o robe unos minutos de tu vida.

“Privilegio” sería, que no usaras tu armadura conmigo.

5 de diciembre de 2008